En el centenario de su natalicio

A don Elías

Hay hombres cuya vida puede contarse mediante una sucesión de fechas, cargos, libros y reconocimientos. Y hay otros cuya biografía exige algo más: exige volver sobre el suelo que pisamos, sobre una lengua, sobre una comunidad y sobre una memoria colectiva que, sin ellos, habría quedado expuesta a la estandarización que impregna todo. Elías Chucair pertenece a esa segunda clase: la de los hombres mimetizados con la primera biblioteca que Dios nos ofrece al nacer, la tierra cuyo lenguaje él desentrañó con la comprensión del mejor lector de su paisaje y de su gente.

Don Elías nació en Ingeniero Jacobacci el 25 de mayo de 1926, como si una fuerza ancestral nacida de las raíces de su tierra natal hubiera querido enlazarlo desde su primer día con la fecha más importante de nuestra patria. Sin embargo, la patria, en Chucair, no fue una abstracción teórica ni académica. Fue Huahuel Niyeo, fue Jacobacci, fue la meseta, fue el viento, fue el ferrocarril, fue el mostrador del almacén familiar, fueron los viejos pobladores que llegaban con sus historias, sus silencios, sus trabajos y sus dolores. Fue, en definitiva, esa Patagonia interior que rara vez ocupa el centro de los relatos nacionales, aunque haya sido indispensable para darle espesor humano, territorial y espiritual a la Argentina.

Hijo de inmigrantes libaneses, Chucair llevó desde temprano una doble pertenencia: la de la sangre que venía de lejos y la de la tierra que lo hizo suyo para siempre. Su padre, Antonio Chucair, había llegado al país en 1911; su madre, también libanesa, arribó en 1923. De esa genealogía nació una sensibilidad particular: la del hombre que sabe que pertenecer implica mucho más que haber nacido en un sitio. Pertenecer es amar una tierra, trabajarla, nombrarla, defenderla y hacerla hablar contra la intemperie del tiempo.

Por eso, para comprender a don Elías, hay que empezar por el lugar que lo formó. La Región Sur fue su universidad práctica y moral. Fue su archivo. Fue su patria chica y, al mismo tiempo, la materia universal de su literatura. En aquellos pueblos nacidos al calor del ferrocarril, los almacenes, los caminos de tierra, los arreos, las escuelas rurales, los parajes y las conversaciones interminables, Chucair encontró algo decisivo: la certeza de que la historia vive también en la voz de un carrero, en la memoria de un criancero, en la anécdota de una maestra, en el recuerdo de un comerciante, en la leyenda de una mujer fuera de la ley, en la devoción popular por un santo de la meseta y en el nombre exacto de un lugar.

Esa fue, acaso, su primera gran enseñanza: quien nombra, salva y crea el futuro trascendente. Quien nombra bien, restituye. Quien recoge una historia antes de que desaparezca realiza un acto de justicia.

La infancia de Chucair tuvo durezas. Él mismo la evocó como una etapa difícil, atravesada por obstáculos escolares y por una pérdida temprana: la muerte de su madre cuando tenía apenas once años. Esa ausencia nos emparentó a ambos: la ausencia más importante en el mismo momento de nuestras vidas. Tal vez por eso compartimos tanta sensibilidad y, desde que nos conocimos, también advertimos tanto afecto mutuo. Luego de la muerte de su madre, fue enviado al Colegio Salesiano de Viedma, donde apareció una influencia decisiva: el padre Raúl Entraigas. Allí empezó a copiar poemas, a descubrir la fuerza de la palabra escrita y a sentir que la literatura podía ordenar aquello que la vida dejaba disperso.

Su padre imaginaba para él un destino vinculado al comercio, quizá al orden práctico de los números y de las cuentas. Y, en cierto modo, Elías también llevó cuentas durante toda su vida. Pero fueron otras cuentas: las de la memoria. Contó lo que otros dejaban sin contar. Registró lo que estaba a punto de perderse. Hizo inventario de nombres, pueblos, personajes, leyendas, escuelas, inmigrantes, bandoleros, pobladores, teatros, dolores y esperanzas. En vez de limitarse a administrar mercaderías, administró un patrimonio mucho más frágil: el de las historias que una comunidad necesitaba conservar para seguir reconociéndose.

Fue autodidacta, lector voraz, dueño de una biblioteca notable y de una disciplina que desmiente cualquier prejuicio sobre la formación fuera de los circuitos académicos. En Chucair, el autodidactismo fue un camino propio. Leyó, escuchó, preguntó, caminó, conversó y escribió. Además, lo hizo desde una ética de pertenencia. Su cultura se construyó en diálogo permanente con el pueblo.

Antes de consolidarse como escritor de libros, fue periodista regional. Entre 1949 y 1958 se desempeñó como corresponsal del diario Esquel, de Chubut, y colaboró con otras publicaciones. Ese ejercicio le dio una herramienta que luego sería visible en buena parte de su obra: la capacidad de narrar con claridad, de ordenar un hecho y de transformar un episodio local en relato significativo sin arrancarlo de su raíz concreta.

También fue hombre de teatro. Durante más de cuarenta años participó de la actividad teatral de su pueblo. Integró conjuntos vocacionales que llevaban obras a distintas localidades de la Línea Sur y de la Patagonia. Ese teatro, visto desde las grandes ciudades, podría parecer apenas una experiencia menor. Sin embargo, en los pueblos alejados, montar una obra, preparar una escenografía, llevar telones, convocar vecinos y llenar una sala era mucho más que entretenimiento. Era soberanía cultural. Chucair escribió sobre la Región Sur, pero además la puso en escena, la reunió y la hizo hablar.

Su vida pública también merece una atención especial. Integró la primera Legislatura provincial por la Unión Cívica Radical Intransigente y participó de aquellos años fundacionales en los que Río Negro dejaba atrás su etapa territoriana para organizarse como provincia. Acompañó el inicio del primer gobierno provincial de Edgardo Castello y fue parte de una generación que concebía la política como una tarea de construcción de instituciones fuertes por sobre los proyectos de poder hegemónicos, autocráticos y personalistas tan abundantes y dañinos en estos tiempos.

Como legislador le tocó participar en la sanción de centenares de leyes que pusieron en marcha la arquitectura inicial de la provincia. Ese dato ilumina una época y también una conducta. Para Chucair, la política conservaba una dimensión moral. Servir al Estado implicaba cuidar los recursos públicos, actuar con decoro y entender que una provincia joven necesitaba instituciones, reglas, obras y una conciencia compartida de destino. Pero también acompañó activamente una idea de provincia presente en el pensamiento estratégico del primer gobernador, Edgardo Castello: un proyecto de provincia integrada, unida, sin asimetrías regionales, sin regiones por encima de otras ni actividades que devoraran a las más débiles. Todo ello produjo las bases para la diversificación económica que Río Negro no debe perder jamás como verdadero norte de su desarrollo efectivo.

Más tarde, entre 1970 y 1973, estuvo a cargo de la comuna de Ingeniero Jacobacci. Aceptó esa responsabilidad en un contexto político complejo, durante la gestión de Roberto Requeijo, y lo hizo procurando asegurar obras concretas para su pueblo. Impulsó escuelas, un colegio secundario, una guardería, viviendas, el gimnasio municipal, mejoras urbanas y espacios institucionales. Además, creó una comisión asesora de vecinos ad honorem, porque entendía que gobernar un pueblo exige escuchar a quienes lo habitan, aún en tiempos signados por el autoritarismo.

Obras fundamentales de Elias Chucair.

Este tramo de su vida permite entender la densidad de su mirada. Chucair conocía al poblador como ciudadano concreto. Sabía lo que significaba una escuela en un paraje, una calle transitable, una guardería, un gimnasio o una biblioteca.

Entre 1969 y 1990 estuvo a cargo, ad honorem, del Museo de Ciencias Naturales e Historia Regional “Jorge H. Gerhold” de Ingeniero Jacobacci. También fue uno de los creadores de la Fundación Ameghino de Río Negro. Esa tarea revela otro rasgo profundo de su temperamento: reunir, clasificar, preservar, explicar. La meseta, para él, era un archivo vivo. Y ese archivo estaba en papeles, piedras, huesos, objetos, caminos, apellidos, voces, leyendas y silencios.

Quizá allí se encuentre una de las claves mayores de su obra. El método Chucair consistía en escuchar antes de escribir. Después de alejarse de la política, dedicó durante años los domingos por la mañana a visitar viejos pobladores de Jacobacci, de parcelas y de campos cercanos. Conversaba con ellos, les pedía permiso para recoger sus recuerdos, reconstruía episodios, cotejaba versiones y guardaba nombres. Sabía que toda persona, aun la aparentemente más humilde, podía conservar una escena decisiva de la historia común. Esa convicción tiene una profundidad democrática admirable: ninguna vida es insignificante cuando se la mira desde la memoria de un pueblo.

Por eso su obra fue también una forma de reparación. Chucair concedió dignidad narrativa a quienes muchas veces habían quedado fuera de los relatos oficiales. Allí reside la potencia de sus libros: en haber comprendido que una provincia también se construye cuando alguien salva del olvido a sus pobladores anónimos.

Su producción es vasta: más de cuarenta libros y numerosos fascículos. Comenzó con la poesía: Bajo cielo sur, Sur adentro, Desde Huillimapú, Con viento patagónico, Con grillos y silencios, Tiempo y distancia. En esos títulos ya aparece un programa espiritual: cielo, sur, viento, silencio, tiempo, distancia. Son coordenadas de una sensibilidad patagónica. Chucair escribió desde una intemperie que conocía, pero también desde una ternura que no necesitaba grandilocuencia para hacerse visible.

Su poesía buscó devolverle al poblador una imagen reconocible de sí mismo. Por eso muchos de sus poemas circularon en radios, escuelas, actos y canciones. La literatura, cuando logra eso, deja de pertenecer únicamente al autor. Pasa a integrar la memoria oral de una comunidad.

Luego vinieron sus relatos históricos, legendarios y testimoniales. La inglesa bandolera y otros relatos patagónicos es una de sus obras más emblemáticas. Allí recupera la figura de Elena Greenhill, “La Inglesa Bandolera”, personaje de frontera asociado al cuatrerismo, al coraje, al mito y a la violencia de los primeros años del siglo XX. Chucair había escuchado hablar de ella desde niño, en boca de su padre y de viejos pobladores. Muchos años después convirtió aquellas voces dispersas en relato. Así funcionaba su escritura: la infancia guardaba una semilla y la madurez la transformaba en libro.

También escribió El Maruchito, hacedor de milagros en la meseta patagónica, aproximándose con respeto a una devoción popular profundamente arraigada en la Región Sur. Chucair abordó esa fe como parte de un patrimonio espiritual, como una expresión de religiosidad popular sin dueño, nacida de la memoria, del dolor y de la esperanza. Allí también se observa su prudencia: acompaña la leyenda, la ordena y la entrega a los demás sin quitarle su misterio.

En Partidas sin regreso de árabes en la Patagonia, Chucair vuelve sobre la inmigración árabe y libanesa, es decir, sobre su propia raíz familiar y comunitaria. Ese libro es también una meditación sobre el desarraigo, sobre la decisión de fundar pertenencia en una tierra nueva y sobre la forma en que la Patagonia fue hecha por pueblos diversos que aprendieron a vivir bajo el mismo cielo áspero.

Otros títulos, como Quetrequile. El pueblo que fue…, Historiando mi pueblo. Huahuel Niyeo – Ingeniero Jacobacci, Historiando a Río Chico o Historia Escuela Nº 17 en sus noventa años, muestran una preocupación persistente: los pueblos pueden desaparecer dos veces. Primero desaparecen en la realidad, cuando se vacían, cuando pierden población, cuando el tren deja de ser promesa, cuando los caminos cambian. Después desaparecen en la memoria, si nadie los escribe. Chucair escribió para impedir esa segunda muerte.

Por eso fue, con toda justicia, un nombrador. Carlos Espinosa lo definió como “padentrano, nombrador y popular”. La palabra nombrador resulta especialmente precisa. Nombrar es reconocer existencia. Es afirmar que alguien vivió, que un lugar tuvo alma, que una historia merece ser contada. Chucair nombró a los que no solían ser nombrados. Y al hacerlo, ensanchó el mapa cultural de Río Negro.

Museo Histórico – Biblioteca Elias Chucair

La suya fue una literatura moral, aunque nunca moralista. Moral porque estuvo fundada en el respeto por la experiencia ajena, en la gratitud hacia los viejos pobladores, en el cuidado por los nombres, en el orgullo por la identidad rionegrina, en la sensibilidad hacia la fe popular y en la conciencia de que cada comunidad necesita relatos para no deshilacharse.

Pero Chucair fue, además, comerciante, vecino, padre, abuelo, tanguero, lunfardista, lector incansable y amigo. Durante décadas atendió el comercio familiar de ramos generales. Conservó hábitos de otra época: la vieja máquina de escribir, la conversación pausada, la resistencia a ciertas tecnologías, el trato directo. A los 93 años todavía seguía escribiendo y decía que la escritura era para él una pasión y un espacio de armonía. Esa imagen de Chucair colocando una hoja en su máquina Olympia vale como retrato completo de una vida: mientras el mundo aceleraba, él seguía confiando en el ritmo de la palabra trabajada con la paciencia de un orfebre.

También se definía como tanguero y llegó a tener numerosos poemas lunfardos inéditos. Ese dato amplía su figura y la vuelve más rica. En él convivían la meseta y el arrabal, el poblador rural y el compadrito de la lengua lunfarda, el viento patagónico y la cadencia del tango. Los hombres verdaderamente populares rara vez caben en una sola etiqueta.

Los reconocimientos llegaron, como correspondía, aunque acaso ninguno pueda agotar la dimensión de su legado. Fue premiado en los Juegos Florales del Chubut en 1953 y en las Jornadas Culturales de Río Negro en 1960. En el año 2000, la Legislatura provincial declaró de Interés Educativo y Cultural su obra literaria. Recibió la Distinción UGARIT en Cultura otorgada por FEARAB, fue homenajeado en la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires y en encuentros de escritores patagónicos.

En 2018, la provincia lo declaró Ciudadano Ilustre de Río Negro mediante la Ley Nº 5330. Quien escribe estas líneas tuvo el honor de ser el promotor de esa declaración. Y lo digo no como una referencia protocolar, sino como una expresión de gratitud. Porque Elías Chucair honró a Río Negro con su obra y también me honró con su amistad. Conservo de él conversaciones entrañables sobre los primeros años de la organización provincial, sobre aquella Legislatura inaugural, sobre la política entendida como servicio, sobre los pobladores de la Región Sur y sobre relatos que muchas veces ya habían encontrado forma en sus libros, aunque otros permanecieran inéditos, vivos apenas en su voz.

Pero hay un gesto suyo, ocurrido ya en el umbral de su despedida, que para mí concentra una hondura difícil de expresar. Antes de morir, don Elías decidió que el poncho que conservaba de Edgardo Castello, primer gobernador de la provincia de Río Negro, fuera entregado a mi cuidado. Y así sucedió. Pocos días después de su muerte, sus hijas y algunos de sus nietos cumplieron con aquella voluntad y me entregaron ese poncho que él había guardado como una reliquia cívica, como una prenda cargada de historia, como un testimonio material de los años fundacionales de nuestra provincia y como un símbolo destinado a abrigar las ideas de la integración como verdadero motor del desarrollo.

Desde entonces, ese poncho tiene para mí un valor incomensurable. Es, como dije, símbolo y mandato. Representa el abrigo de las ideas que vienen de uno de los rionegrinos más destacados y brillantes de nuestra historia: Edgardo Castello, el hombre que encabezó la primera organización institucional de Río Negro y que don Elías me ayudó a conocer en primera persona, como presencia ética y moral, como ejemplo de austeridad, como expresión de una política concebida desde el respeto por lo público y desde la conciencia fundacional de una provincia que empezaba a darse forma.

Ese poncho, entonces, abriga algo más que una memoria personal. Abriga una línea de continuidad entre generaciones rionegrinas: Castello, que gobernó el nacimiento constitucional de la provincia; Chucair, que fue testigo, legislador, escritor y guardián de aquella memoria; y quienes recibimos de ellos la obligación de mantener vivas esas ideas. Porque hay objetos-símbolo que pertenecen a una tradición. Y conservarlos significa comprender lo que representan y reclaman.

La amistad con un hombre así honra, pero también compromete. Obliga a leerlo, reeditarlo, estudiarlo, enseñarlo, discutirlo, hacerlo circular. Obliga a comprender que la identidad rionegrina se construye con nombres concretos: Huahuel Niyeo, Jacobacci, Quetrequile, Río Chico, Maquinchao, Los Menucos, los campos, las escuelas, los viejos pobladores, los inmigrantes, los bandoleros, los santos populares, los almacenes, las bibliotecas, las leyes fundacionales y también esos símbolos modestos y enormes —como un poncho— que pasan de mano en mano para recordarnos que una provincia se honra todos los días.

Poncho perteneciente al Dr. Edgardo Castelli, primer Gobernador de la provincia de Río Negro. Obsequio personal del Escritor Elías Chucair.

Después de su muerte, ocurrida el 30 de julio de 2020 en su Jacobacci natal, la provincia instituyó, mediante la Ley Nº 5557, el 30 de julio como Día del Escritor Rionegrino. No podía haber homenaje más justo. Convertir la fecha de su fallecimiento en día de la escritura provincial significa afirmar que una vida dedicada a nombrar —como el hacedor que don Elías fue, en el sentido borgeano de ese término— sigue produciendo comunidad aun después de su partida.

En 2022, su antigua casa de la calle Juan Bautista Alberdi 182 de Ingeniero Jacobacci fue convertida en Museo Histórico-Biblioteca “Elías Chucair”. Esa decisión tiene una fuerza simbólica extraordinaria. La casa del escritor volvió a abrirse como espacio público. Los libros dejaron de ser mera pertenencia familiar para convertirse en patrimonio compartido. Su hija Silvia, una gran amiga y colega en el ámbito de las letras, dijo una frase exacta: “una biblioteca cerrada no existe”. En esa afirmación parece hablar también Elías, porque su vida entera fue una biblioteca abierta: al vecino, al poblador, al lector, al estudiante, al investigador, al amigo.

A los 93 años, Chucair se definía como un agradecido de la vida. Tenía sus libros, sus hijas, sus nietos, sus amigos. Seguía trabajando. Seguía escribiendo. Su hija Claudia contó que escribió hasta dos semanas antes de morir y que proyectaba un nuevo libro. Ese dato conmueve porque clausura la biografía con una imagen perfecta: Chucair murió en plena tarea, como si todavía quedara una historia por ordenar, una voz por rescatar, una memoria por pasar en limpio.

Elías Chucair fue grande porque comprendió algo esencial: la memoria de una provincia joven no podía quedar librada al azar. Fue grande porque escuchó a quienes otros no escuchaban. Fue grande porque escribió desde la pertenencia. Fue grande porque ayudó a organizar Río Negro con leyes y luego siguió organizándolo con relatos. Fue grande porque convirtió la vida de un pueblo en literatura y la literatura en servicio público.

En tiempos en que todo parece condenado a la velocidad, su obra nos recuerda que una comunidad necesita demorarse en sus nombres. Necesita saber de dónde viene. Necesita reconocer a quienes la hicieron sin pedir monumentos. Necesita mirar la Región Sur como uno de los corazones profundos de nuestra identidad rionegrina.

El 25 de mayo de 2026 se cumplirá un siglo de su nacimiento. Pero el centenario de Elías Chucair es mucho más que una fecha: es una convocatoria a leerlo de nuevo, a reeditarlo, a llevarlo a las aulas, a discutirlo en las bibliotecas y a reconocer que Río Negro se explica también por sus escritores, por sus pueblos, por sus inmigrantes, por sus pobladores rurales, por sus memorias humildes y obstinadas.

En la Patagonia, el viento suele borrar rápido las huellas tejidas por el polvo efímero de la meseta. Pero hay huellas que quedan marcadas en los relatos del pueblo. Las de Elías Chucair pertenecen a esa clase. Por eso, a cien años de su nacimiento, lo recordamos como quien mira un retrato antiguo que se reconstruye a cada instante en la profundidad de su mirada. Y en esa mirada la Región Sur vuelve a reconocerse: áspera, sufrida, hospitalaria, memoriosa y profundamente humana.

¡Gracias Don Elías!

Pedro Pesatti