Por Pedro Pesatti (*)
En nuestros días, la democracia enfrenta una paradoja histórica que no admite eufemismos: el país que más la proclamó es el que más la traiciona, y el país que nunca la tuvo se presenta ante la comunidad internacional con los modales de quien la respeta. Esta contradicción tiene la gravedad de un síntoma estructural y en su seno se juega el destino político de la humanidad entera.
Acabo de leer datos que son elocuentes y que no deberían dejarnos indiferentes. El Índice de Democracia 2024 de la Unidad de Inteligencia de The Economist registró el promedio global más bajo de las últimas décadas. Solo 24 naciones del planeta pueden llamarse democracias plenas, y en 2024 el 54 por ciento de los países evaluados sufrió un retroceso en al menos un indicador democrático. La dirección del mundo, medida con rigor, marca el deterioro de los valores fundamentales del sistema democrático.
Los Estados Unidos cumplen en 2026 doscientos cincuenta años de vigencia de su sistema republicano. Y sin embargo, bajo el liderazgo de Donald Trump, ese mismo país avala el genocidio en Gaza, desafía y avasalla el derecho internacional con la arrogancia del que se cree por encima de toda norma y llegó a amenazar, en el marco del conflicto con Irán, con hacer desaparecer una civilización completa. Ese derecho internacional que Trump pisotea con liviandad es una de las conquistas más extraordinarias que los países democráticos pudieron construir y consolidar después de la Segunda Guerra Mundial, precisamente como respuesta a los horrores que el totalitarismo fue capaz de producir cuando las ideas que secuestraron a Alemania durante la vigencia del nazismo se adueñaron del poder sin que nadie pudiera detenerlas.
Del otro lado, China es una dictadura de partido único donde las elecciones libres son una ficción inexistente, donde la disidencia se aplasta con el aparato completo del Estado y donde Xi Jinping gobierna de por vida sin que nadie pueda votarlo ni impugnarlo. Es el régimen que en 1989 aplastó con tanques la primavera democrática de Tiananmen y que desde entonces borra ese recuerdo de cada manual escolar, de cada buscador de internet, de cada conversación pública. Es la dictadura que mantiene a más de un millón de uigures en campos que el propio relator especial de las Naciones Unidas describió como potenciales crímenes contra la humanidad. El autoritarismo del siglo XXI aprendió a hacer relaciones públicas mejor que la democracia estadounidense que, a nivel global, tiene un comportamiento propio de una dictadura salvaje.
Los argentinos tenemos razones propias y dolorosas para entender este peligro. El gobierno de Javier Milei ha elegido al periodismo independiente como su enemigo predilecto, y esa elección tiene una lógica política muy precisa. La prensa libre es el único mecanismo que le permite a una sociedad saber lo que su gobierno hace cuando nadie lo mira, y un poder que persigue a quienes lo observan es un poder que rechaza los límites que la democracia le impone. En esa instigación cotidiana contra los periodistas se cifra, con una claridad que no necesita interpretaciones, lo que el mileísmo expresa en términos democráticos.
Quienes crecieron bajo la tutela de las instituciones democráticas tienen la tendencia a dar por sentado lo que costó siglos construir: la posibilidad de elegir y remover gobernantes, la presunción de inocencia, las garantías constitucionales que son el escudo entre el individuo y el poder absoluto. Cuando esas garantías desaparecen, el Estado puede hacer con una persona lo que se le antoje. La historia argentina sabe bien lo que eso significa.
Se observa hoy en la dirigencia política un desprecio creciente por el que piensa distinto y una convicción que se va naturalizando de a poco: quien tiene poder tiene el derecho de hacer callar a quien tiene menos. Se empieza por minimizar al adversario, por ridiculizarlo, por negarle legitimidad. Y de a poco, casi sin que nos demos cuenta, vamos viendo cómo nacen pequeños autocratas en pequeños círculos de poder, que van configurando ese mismo patrón en distintas instituciones, en gobiernos locales, en gobiernos provinciales y en el comportamiento del propio gobierno nacional. Cuando esa lógica se instala, cuando una sociedad acepta que el más fuerte puede silenciar al más débil aunque sea en cosas que parecen menores, ahí comienza invariablemente la historia más grave. Las grandes tragedias políticas nacen de tolerancias acumuladas y naturalizaciones sucesivas. La democracia muere de indiferencia, y contra esa indiferencia la única vacuna es la conciencia plena de lo que está en juego. Actuemos antes de que sea demasiado tarde.
(*) Vicegobernador de Río Negro
