Por Pedro Pesatti (*)
La historia económica de nuestro país parece atrapada en una dicotomía que simplifica en exceso la relación entre los agentes económicos y la organización pública. En este escenario, se ha perdido de vista un concepto que las sociedades más independientes nunca abandonaron: la planificación estratégica. Mientras que el crecimiento económico puede ser impulsado por la sola dinámica inercial de las fuerzas del mercado, el desarrollo —entendido como una transformación estructural que eleva la complejidad productiva y el bienestar social— es siempre el resultado de una voluntad organizada y una inteligencia colectiva puesta al servicio de un proyecto de mayorías.
Es fundamental establecer una distinción rigurosa entre crecimiento y desarrollo. El crecimiento es una magnitud cuantitativa para la cual el mercado se presenta como el instrumento más eficiente. Sin embargo, el desarrollo es un proceso cualitativo que requiere una perspectiva de largo alcance, capaz de trascender la urgencia de la rentabilidad inmediata. Sin un Estado que planifique, el crecimiento suele ser espasmódico y fragmentario; por lo tanto, no hay acción de desarrollo efectiva si esta no es la consecuencia directa de una planificación que coordine las capacidades de una comunidad con las oportunidades de su tiempo.
Resulta llamativo que en la Argentina la planificación haya desaparecido prácticamente de la conversación pública y de la estructura institucional. La ausencia de una brújula estratégica ha dejado el devenir a merced de la coyuntura. Un país sin un organismo de esta naturaleza puede poseer los motores más potentes, pero carecerá de timón. Esta limitación se traduce en desacoples estructurales: infraestructuras que no coinciden con las demandas productivas, una oferta educativa que no siempre dialoga con la demanda tecnológica y un desequilibrio territorial que profundiza las asimetrías entre el centro y la periferia.
La evidencia internacional es elocuente. El éxito de Corea del Sur, que transitó de una economía agraria a una potencia tecnológica en pocas décadas, no fue un hallazgo fortuito del mercado, sino el resultado de los planes quinquenales de su Consejo de Planificación Económica. Del mismo modo, el New Deal de Franklin D. Roosevelt en los Estados Unidos demostró que, ante el colapso de la inercia privada, la planificación estatal —mediante proyectos integrales como la Autoridad del Valle del Tenesí— es capaz de reconstruir el tejido productivo y social de una nación. Estos ejemplos, junto a la actual transición energética europea (Energiewende), confirman que la planificación no es una restricción a la libertad, sino la creación de las condiciones necesarias para que el capital privado invierta con previsibilidad en sectores estratégicos.
De cara al horizonte de 2027, el debate público debe elevarse por encima de la reacción estéril. Me opongo a pensar el futuro desde el simple “anti-mileísmo”, pues la mera negación no constituye un proyecto de país. Pensar el mañana exige la sabiduría de proponer caminos que den respuesta real a nuestros desafíos estructurales. Frente a la anarquía que desarticula lo común y conduce inevitablemente al caos y —de manera indefectible por la propia naturaleza del caos— al fracaso, debemos oponer la racionalidad de un modelo que haga de la planificación el eje para ordenar nuestras fuerzas productivas y promover la acción del desarrollo.
En este marco, la restitución de la capacidad estratégica del Estado podría materializarse en la creación de un Instituto Federal de Planificación. Un organismo con la misma jerarquía y competencia de un ministerio, pero dotado de cuadros científicos y técnicos que le den a la acción de gobierno los insumos para avanzar hacia una Argentina más independiente, a partir de saber utilizar mejor todas sus posibilidades. La planificación es un imperativo que surgirá con más claridad a medida que el desorden de la economía se haga evidente por efecto del libertarismo anárquico que encarna el presidente Milei. En 2027, lo pienso cada día con mayor convencimiento, el país necesitará un gran frente de hombres y mujeres que vuelvan a poner a la nación en un camino de equilibrio, de razonabilidad y respeto. Y en ese camino la planificación deberá aparecer como una propuesta central si de verdad queremos ser un país integrado en todas sus partes para abrazar la acción del desarrollo con la mística de quienes aún soñamos con un país independiente; es decir, desarrollado.
(*) Vicegobernador de Río Negro
