Vender a la madre

Por Pedro Pesatti

​Hay certezas que no pertenecen al orden de las ideologías, sino al patrimonio más antiguo de la especie, y una de ellas, acaso la primera, es que la tierra es madre.

​Los pueblos lo supieron desde la noche de los tiempos, sin haberse conocido jamás entre sí.

​En las llanuras del Tigris y el Éufrates, donde la humanidad inventó la ciudad, la escritura y el pan, los sumerios veneraban a Ki y a Ninhursag, señora de la montaña fértil, madre de todo lo que germina. Los griegos llamaron Gea a la primera de las divinidades, la que emergió del caos para engendrar el cielo, el mar y la estirpe entera del Olimpo. Esquilo la invocaba, sencillamente, como madre de todas las cosas. Roma le rindió culto bajo el nombre de Tellus Mater. Y la Biblia, que moldeó la sensibilidad de Occidente, enseñó que fuimos hechos de barro y que al polvo volveremos, como quien regresa, cumplido el viaje, al regazo del amor más puro.

​Nuestra América alcanzó la misma certeza por caminos propios. Los pueblos andinos la llaman Pachamama, y en este mes de agosto, precisamente, abren la boca de la tierra para darle de comer y de beber antes de las siembras.

​Los mapuches, nuestros hermanos originarios, llevan la certeza inscripta en el nombre con que se nombran: “mapu” es tierra, “che” es gente; son, desde el fondo de los siglos, la gente de la tierra.

​Cuando culturas que jamás se encontraron coinciden en un mismo símbolo, ese símbolo pasa a ser, como en este caso, constitutivo de la propia estructura de lo que reconocemos como alma humana.

​La tierra es madre porque nos alimenta, porque nos sostiene, porque nos recibe al nacer y nos guarda al morir. Todo lo demás que poseemos puede reponerse, trasladarse, multiplicarse, pero la tierra, no. Es la razón por la cual ninguna cultura la confundió jamás con una mercancía.

​Ninguna, hasta ahora. El gobierno de Javier Milei incluyó en su proyecto de ley de inviolabilidad de la propiedad privada un capítulo destinado a desmontar los límites que la Ley de Tierras fijó en 2011 frente a la extranjerización del suelo argentino, en un país que ya tiene más de trece millones de hectáreas en manos foráneas. El texto original suprimía todo tope. Acorralado por el repudio, el oficialismo ofreció luego elevarlo del quince al veinticinco por ciento de cada provincia, como si la discusión fuera de porcentajes y no de principios. La tierra fue tratada allí como un objeto entre los innumerables objetos del mercado. Una línea más en el balance Excel de un país concebido como empresa en liquidación. Los autores del proyecto no advirtieron —no podían advertirlo, porque sus ideas despojadas de todo humanismo se los impide— que estaban tocando algo anterior al mercado, anterior al Estado, anterior incluso a la palabra escrita.

​Y entonces ocurrió lo que sucede cuando un gobierno queda en manos de tecnócratas como Sturzenegger. Una mayoría enorme de los argentinos —más de tres cuartas partes, según las encuestas— se levantó a decir que no. Confluyeron trabajadores y científicos, organizaciones rurales y ambientales, políticos de todos los signos, hombres y mujeres que acaso no coinciden en ninguna otra cosa pero coincidieron en esta certeza antigua que la especie guarda en su memoria más honda. El pueblo comprendió, con un instinto que ningún manual de economía registra, que la Patagonia, los acuíferos, las riberas y las fronteras no son activos ociosos sino el cuerpo mismo de la patria; y que la patria es mujer, es Gea y Pachamama.

​El gobierno, que había desoído todos los argumentos, no pudo dejar de oír la falta de votos que le estalló en la cara y por ello, en la víspera de la sesión del Senado, retiró el capítulo, cuidándose de aclarar, con la soberbia de personas escindidas de los intereses del país que están gobernando, que la postergación no es renuncia y que volverá a intentarlo.

​Que lo intente. Ya sabemos lo que necesitábamos saber. Hay gestos que no se miden por su resultado sino por lo que revelan, y el solo hecho de haberle puesto precio a la madre revela una concepción del país de la que no regresa nadie.

​Quien pretende vender a la madre, aunque finalmente no pueda hacerlo, ya no tiene retorno porque ha mostrado que para él nada es sagrado, que todo es transable, que entre la tierra donde duermen nuestros muertos y cualquier bien de cambio no existe diferencia alguna. Podrá retirar el capítulo, reescribirlo, disfrazarlo de consenso, pero no podrá retirar jamás lo que ese capítulo dijo de sus autores.

​Hay cosas que los pueblos no olvidan nunca, y en el tope de ese catálogo está quien intentó venderles a la madre. Cinco mil años de civilización están de un lado, de Sumeria a los Andes. Del otro, un proyecto que duró lo que dura un suspiro. La tierra, mientras tanto, sigue donde estuvo siempre: debajo de nuestros pies y adentro de nuestro nombre, esperando agosto para que sus hijos le den de comer.

Vicegobernador de Río Negro