La ex legisladora radical Ana Piccinini revive la épica de una jornada inolvidable. Una mirada profunda sobre el inmenso respeto a la institucionalidad tras los años oscuros de la dictadura, el plan para desarmar el centralismo porteño y las “quintas columnas” políticas que terminaron dinamitando la utopía patagónica.
Al cumplirse cuarenta años del sorpresivo anuncio del traslado de la Capital Federal a la ciudad de Viedma, el recuerdo de aquel hito trasciende los planos urbanísticos inconclusos para revelarse como uno de los momentos de mayor madurez institucional en la historia argentina reciente. Para comprender la profunda carga emocional y política de aquellos días, la voz de Ana Piccinini, ex legisladora provincial por la Unión Cívica Radical (UCR) y entonces vicepresidenta de la Comisión de Asuntos Constitucionales, representa un testimonio privilegiado.
El 16 de abril de 1986 no fue un día más para Río Negro ni para el país. Piccinini recuerda la llegada del presidente Raúl Alfonsín al sur como un acontecimiento desbordante de esperanza ciudadana. Para una sociedad y una clase política que recién comenzaban a caminar tras el horror de la dictadura cívico-militar, el gesto del mandatario tuvo un peso simbólico arrollador: “Tenemos que resaltar el hecho de que el presidente constitucional después de tantos años de oscuridad iba al recinto de la legislatura ávida de democracia”.
La actitud del jefe de Estado marcó un contraste rotundo con las formas autoritarias del pasado. Lejos de imponer la mudanza geopolítica por decreto o desde la comodidad de la Casa Rosada, acudió personalmente a la “casa de las leyes” provincial para debatirla. Piccinini describe aquella jornada histórica como “un acto democrático por excelencia”, destacando que el proyecto de resolución no solo fue impulsado por el bloque radical, sino que fue acompañado unánimemente por el justicialismo. La figura del presidente irradiaba un republicanismo y un magnetismo únicos; según rememora la ex legisladora, era un hombre empático, propenso a detenerse y “a mirarte a los ojos”.
Para la joven legislatura rionegrina, la mudanza de la capital era la herramienta definitiva para quebrar la histórica dependencia de Buenos Aires. El proyecto materializaba el sueño de terminar con la discriminación hacia el interior y la concentración desmedida del poder en la zona núcleo. “Como una reivindicación histórica, decir, vamos a gobernar el país desde la Patagonia. Es mucho”, reflexiona Piccinini sobre el impacto de aquel anuncio.
Ese centralismo que Alfonsín intentó desarmar es el mismo que, según su visión, hoy mantiene al resto de las provincias completamente invisibilizadas. La dirigente cuestiona con dureza cómo la matriz comunicacional ignora sistemáticamente al interior productivo: “Nosotros estamos sabiendo qué pasa en Juramento y Cabildo, que chocó una moto con una bicicleta, pero no sabemos lo que pasa en Río Negro, no sabemos lo que pasa en Santa Cruz”. El Proyecto Viedma buscaba precisamente que esa Argentina profunda, que sostiene al país con su energía, su gas y sus alimentos, dejara de ser un simple proveedor para convertirse en protagonista.
A pesar de la euforia inicial en la que el país entero estaba feliz y creía ciegamente en la figura de Alfonsín, el sueño federal terminó naufragando. Al analizar las verdaderas causas de este fracaso, Piccinini no recurre a excusas burocráticas, sino que apunta directamente a una profunda traición por parte de las propias estructuras partidarias. Asegura que faltó decisión política para sostener al mandatario, quien definitivamente no era “el hombre del establishment”.
Piccinini sostiene que hubo un poder subterráneo que operó para hundir la iniciativa: “A Alfonsín lo boicotearon los radicales y lo boicotearon los peronistas”. Según su análisis, dentro de los grandes partidos tradicionales siempre actuaron “quintas columnas” disfrazadas de correligionarios o compañeros, pero que en realidad trabajaban codo a codo para resguardar los oscuros intereses de la oligarquía, los bancos, el sector petrolero y la patria inmobiliaria. Estas fuerzas internas conspiraron de forma sistemática para frenar cualquier intento real de alterar los privilegios del puerto.
A la distancia, lamenta la evidente decadencia institucional, ética y judicial posterior a aquel período fundacional, lo cual ha alejado a las nuevas generaciones del compromiso político. Sin embargo, se niega rotundamente a creer que la Argentina sea un país inviable. Para recuperar aquella inigualable efervescencia democrática del 86, propone desterrar las divisiones estériles y el odio partidario. “Yo no soy antiperonista y aprovecho este espacio (…) para decir que uno de los males de la Argentina es el anti”, asegura firmemente, revelando incluso su profunda admiración por la figura de Eva Perón.
A cuatro décadas de aquel anuncio transformador, el testimonio de Ana Piccinini nos recuerda que la política, cuando se ejerce con honestidad y vocación de servicio, es la herramienta suprema para “cambiar el mundo”. El frustrado Proyecto Viedma no solo dejó grandes avenidas sin trazar en la estepa, sino que legó un mandato imborrable sobre la necesidad imperiosa de construir un federalismo real, honrar la institucionalidad republicana y enfrentar con coraje a quienes, aún hoy, prefieren gobernar la Argentina desde las sombras de una sola ciudad.
