Por Pedro Pesatti*
El miércoles, cuando la selección argentina salga a disputar con Inglaterra un lugar en la final del Mundial, muchos argentinos experimentaremos algo más que un partido de fútbol. Veremos, como sucede cada vez que la celeste y blanca se cruza con los ingleses, una trama de circunstancias que tiene en la Patagonia un capítulo poco conocido: el Combate del 7 de marzo de 1827, librado a orillas del río Negro, cuyo bicentenario celebraremos el año próximo.
No es la primera vez que un enfrentamiento con Inglaterra despierta en los argentinos recuerdos que exceden el deporte. Antes de Malvinas, antes de la Vuelta de Obligado y aun antes de la Revolución de Mayo, las Invasiones Inglesas de 1806 y 1807 dejaron una huella decisiva en nuestra memoria nacional. Aquellas jornadas demostraron que una comunidad organizada podía derrotar a un ejército profesional. Veinte años más tarde, esa misma enseñanza volvería a hacerse realidad en la Patagonia.
La defensa de la soberanía territorial argentina reconoce, desde el 25 de mayo de 1810 en adelante, tres grandes hitos: el Combate del Fuerte del Carmen (1827), la Vuelta de Obligado (1845) y la gesta de Malvinas (1982). En los tres, de un modo u otro, la presencia británica resultó decisiva. En Obligado nos tocó enfrentar a una poderosa escuadra anglofrancesa; en Malvinas combatimos directamente contra el Reino Unido. El 7 de marzo de 1827 triunfamos frente a una fuerza invasora que respondía al mando del capitán británico James Shepherd, al servicio del Imperio del Brasil. Félix Luna consideró aquella victoria como la más completa de las armas argentinas: ninguna de las naves enemigas pudo regresar a su puerto de origen, ningún invasor logró escapar y todos fueron abatidos o tomados prisioneros.
Conviene recordar el contexto. En plena guerra con el Imperio del Brasil, el puerto de Buenos Aires estaba bloqueado y el del río Negro era el único que permanecía operativo sobre el Atlántico. Desde allí zarpaban los corsarios contratados por nuestro gobierno para hostigar el tráfico de esclavos, verdadero motor de la economía imperial brasileña. Por esa razón, Pedro I autorizó el envío de una poderosa escuadra de cuatro naves y más de seiscientos infantes con una misión precisa: destruir el fuerte, arrasar la población, demoler sus instalaciones y dejar la región yerma. Al frente de esa expedición venía el capitán James Shepherd.
Del otro lado no había un ejército propiamente dicho. Como en las Invasiones Inglesas, cuando los vecinos de Buenos Aires derrotaron a las tropas británicas junto a unos pocos soldados regulares, también en El Carmen los efectivos militares eran escasísimos y la defensa debió organizarse con lo que la comunidad tenía a mano: su propia gente. Pelearon gauchos, negros libertos, corsarios y comerciantes; las mujeres organizaron la retaguardia y hasta los niños cumplieron su parte asomando sus gorros colorados sobre los muros del fuerte para simular refuerzos inexistentes. Entre esos niños, según la tradición oral, estaba el hijo del tesorero del fuerte, un pequeño que con los años sería presidente de la Nación: Bartolomé Mitre.
En las primeras horas del 7 de marzo, en el cerro de la Caballada, el coraje de los milicianos del subteniente Olivera y la audacia de los “tragaleguas” del gaucho Molina empujaron a los hombres de Shepherd hacia la derrota. El comandante inglés fue el primero en caer herido de muerte y, con él, comenzó a derrumbarse el enemigo. Sobre la tarde, extenuados y perseguidos monte adentro por los milicianos, mientras Molina incendiaba los campos para convertir al viento pampero en un aliado, sobrevino la rendición. De aquella población defendida a puro patriotismo nacerían las actuales ciudades de Viedma y Carmen de Patagones.
El fútbol, por fortuna, no es la guerra: es un juego, una fiesta compartida, un lenguaje que argentinos e ingleses hablamos con idéntica pasión. Nadie sale a una cancha para matar ni para morir, y el rival del miércoles merece nuestro respeto deportivo. Pero los pueblos juegan con lo que son, y lo que somos también está hecho de nuestras memorias. Cuando los once jugadores argentinos salgan al césped de Atlanta llevarán en la camiseta algo de aquella lección del Fuerte del Carmen: que las grandes batallas no las ganan solamente los recursos ni la fuerza bruta, sino la organización, la inteligencia y esa capacidad tan humana de convertir la adversidad en una respuesta auténticamente comunitaria. El 7 de marzo de 1827, un puñado de vecinos venció a una fuerza imperial al mando del capitán James Shepherd; este miércoles, un equipo que fue creciendo partido tras partido buscará otra victoria bajo la conducción de Lionel Messi.
La víspera de todo gran encuentro es un territorio de la imaginación. En la nuestra conviven el gol de Maradona en el Azteca, los penales de Francia 98, la resistencia de Obligado, el ejemplo de los héroes de Malvinas, las hazañas de nuestros pilotos de combate y el cerro de la Caballada, junto al río Negro, donde en una calurosa madrugada de 1827 la Patagonia se bautizó definitivamente argentina con las aguas del río más bello.
Cuando el miércoles suene el himno, pensemos en todos los que defendieron los colores de la patria en esos tres grandes hitos de nuestra soberanía. Otros muchachos, ahora vestidos de celeste y blanco, saldrán a defenderlos con una pelota. Y quién sabe si no estarán escribiendo también un cuarto hito: incruento, desde luego, pero no por ello menos capaz de reunirnos en una misma emoción. Porque confiamos en que, como aquella tarde a orillas del río Negro, el triunfo volverá a quedar de nuestro lado.
*Vicegobernador de Río Negro
