Es muy largo

Por Pedro Pesatti *

Es probable que no exista una frase que exprese con mayor precisión el espíritu de nuestra época que la que hemos elegido para el título. En efecto, frente a la columna periodística que supera los tres párrafos, ante el documental de una hora, la conferencia magistral de un experto, aun frente a la novela más breve o la sola pausa de silencio reflexivo, la reacción automática del lector y del espectador actual puede traducirse, con una alta tasa de probabilidad, en la fulminante sentencia “es muy largo”. Desde luego, no estamos refiriéndonos a un juicio estético o mucho menos a un mero síntoma de fatiga sino, y sobre todas las cosas, a la manifestación primaria de una patología cultural que podemos denominar, de manera provisoria, yaísmo.

El yaísmo es una incapacidad estructural para comprender y tolerar los procesos. Es el imperio del “¡ya, ya, ya!”, una exigencia totalitaria de inmediatez que pretende despojar a los hechos y a las acciones humanas de su propio y consustancial espesor temporal. Vivimos bajo la ilusión de que el resultado de las cosas puede desvincularse de las condiciones de posibilidad y del camino que lleva de un punto a otro. En esta lógica del consumo instantáneo, el pensamiento se vuelve síntesis apresurada, los audios y los videos se reproducen a velocidad alterada (1,5x o 2x), los libros se reducen a resúmenes generados por algoritmos y la vivencia profunda cede su lugar al scroll fugaz de una pantalla.

Esta distorsión tiene una causa evidente. La tecnología ha comprimido de manera extraordinaria los tiempos de ciertas tareas. Las comunicaciones son instantáneas, los desplazamientos cada vez son más breves y la obtención de datos, inmediata. Sin embargo, el error trágico de nuestra cultura ha sido extrapolar la velocidad de los algoritmos a la naturaleza misma de la condición humana. Al comprobar que un dispositivo puede procesar volúmenes masivos de información en una fracción de segundo, también pretendemos que nuestros procesos emocionales e intelectuales obedezcan al mismo ritmo vertiginoso.

La ironía roza el absurdo. Siguiendo esta dirección, no parecería tan lejano el día en que la impaciencia nos lleve a reclamar que un niño nazca en el preciso instante de su concepción, y a olvidar que la gestación de una nueva vida exige meses de espera —de una metamorfosis celular inaccesible a la aceleración artificial— y que ese proceso es la esencia misma de la vida. Estamos a punto de olvidar, en cualquier momento, que la fruta verde, cuando la arrancamos de la planta sin esperar a que madure, es siempre agria y sin sustancia.

Para comprender la gravedad de esta ceguera, conviene recuperar la intuición que el papa Francisco dejó asentada en su exhortación Evangelii gaudium: “el tiempo es superior al espacio”. Este principio nos advierte que la obsesión por el espacio nos limita al control inmediato, a la posesión del instante y al resultado estático que congela la realidad. El tiempo, en cambio, es la dimensión que inicia procesos, la que permite la germinación, el desarrollo y la plenitud de lo humano. Quien se enfoca únicamente en la inmediatez del espacio busca la foto del éxito, pero quien dialoga con el tiempo acompaña el esfuerzo de la siembra, el cuidado del cultivo y la madurez de la cosecha: la victoria de la vida.

Esta primacía del tiempo sobre la inmediatez hunde sus raíces en la historia de la filosofía. Hegel, en su concepción dialéctica, dejó en claro que la verdad no es un resultado estático que se pueda entregar terminado. Para el autor de la Fenomenología del espíritu, la verdad es el todo, y el todo incluye el devenir, el conflicto y el despliegue a través del tiempo. Nada que sea valioso, desde una perspectiva hegeliana, cobra forma de manera súbita: la conciencia requiere atravesar el trabajo de lo negativo, la mediación y la paciencia. La realidad no “es” de modo instantáneo, sino que “se hace” a lo largo de un itinerario histórico.

Por su parte, Jorge Luis Borges hizo del tiempo la trama insondable de su literatura y de su visión del mundo. “El tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy el río…”, dejó escrito con serena lucidez en Nueva refutación del tiempo. Para Borges, el tiempo no es un mero escenario externo donde transcurre la vida, sino el tejido mismo de nuestra identidad. Intentar anular el tiempo o reducirlo a la nada equivale a disolver la propia condición humana. Un poema, la memoria de los días o una reflexión cualquiera demandan la cadencia justa de sus minutos, el peso exacto de las horas acumuladas en la experiencia y el hipnótico devenir del agua en la clepsidra.

La trampa principal del yaísmo consiste en hacernos olvidar que las realidades más valiosas de la existencia son, por definición, largas. Un árbol centenario no se erige mediante impulsos digitales ni un conocimiento sólido se improvisa con esquemas simplificados, del mismo modo que una amistad verdadera, una obra de arte o una vocación jamás pueden nacer del chispazo de un clic, sino de procesos sostenidos y diversos, que se implican unos a otros. Por eso los recorridos en el tiempo no admiten atajos. Exigen el desgaste de la marcha y la contemplación de un horizonte que solo revela su verdad a quien no lleva prisa y está dispuesto a recorrer cada tramo, paso a paso.

Por todo esto, cuando vuelva a surgir la tentación de pronunciar el veredicto despectivo “es muy largo”, valdrá la pena detenerse a pensar. Quizás lo que esa frase delata no sea un exceso de extensión en un texto, por ejemplo, sino la fragilidad de nuestra propia capacidad de atención y escucha. Volver a mirar la vida como un proceso no es un gesto de nostalgia, sino un acto de resistencia cultural civilizatorio. Es recordarnos que existen caminos que pueden durar una vida entera y que esa perspectiva es la única que nos permite reconectar con la dignidad del ser humano en todas sus escalas. Porque sin tiempo no hay memoria, no hay historia ni hay sentido. Y porque todo aquello que realmente vale la pena no se agota en el “ya, ya, ya”, sino que se despliega en la serena y maravillosa extensión de lo que requiere tiempo para ser, para madurar, para despuntar su luz gradualmente y no cegar a nadie.

*Vicegobernador de Río Negro