Jorge Carrasco: el plan integral de descentralización, los miedos locales y una lección histórica de institucionalidad

El ex legislador radical Jorge Carrasco, presidente de la comisión del traslado, revela la trama profunda de la mudanza. Mucho más que un cambio de ciudad, era un rediseño de la matriz nacional marcado por un respeto inédito a las instituciones democráticas, que terminó chocando contra la burocracia, la crisis económica y los propios miedos de una sociedad que no estaba preparada.

A cuatro décadas del inesperado anuncio del traslado de la Capital Federal a Viedma, la historia suele reducirse a la anécdota de los planos inconclusos y la utopía patagónica de Raúl Alfonsín. Sin embargo, para quienes tuvieron la enorme responsabilidad de legislar y planificar esa epopeya, el proyecto encerraba una magnitud transformadora que el país aún hoy no termina de dimensionar.

Para desentrañar el verdadero espíritu de aquel hito, el testimonio de Jorge Carrasco trasciende como un documento excepcional. Como un joven diputado de la Unión Cívica Radical (UCR) en una renovada Legislatura rionegrina, Carrasco fue designado presidente de la comisión especial del traslado. Desde ese lugar estratégico, no solo lidió con la inmensa tarea de expropiar tierras y planificar una nueva urbe, sino que fue testigo de un proyecto que buscaba cambiar para siempre la lógica centralista de la República Argentina.

En aquellos años, la legislatura rionegrina estaba dominada por una abrumadora mayoría radical conformada por una generación muy joven. “Nosotros éramos unos jovencitos de franja morada, de Alfonsín, del nuevo proyecto, muy distinto”. Sin embargo, la inexperiencia institucional de un país que apenas gateaba en su retorno a la democracia pesaba enormemente. El trauma del terrorismo de Estado estaba a flor de piel: “Si veíamos una gorra de un cartel, no sabíamos cómo hacer para putearlo porque tenía una gorra”. En ese contexto de fragilidad, pensar a largo plazo parecía una utopía.

El proyecto irrumpió de manera abrupta. Una filtración en la prensa nacional obligó a adelantar el anuncio, tomando desprevenidos incluso a los propios legisladores oficialistas. Pero Carrasco es enfático al aclarar que la mudanza de los ministerios era apenas la punta del iceberg: “La capital está dentro de un proyecto de descentralización de país”.

Para Carrasco, el periodismo y la historia muchas veces reducen el proyecto a un simple cambio geográfico de edificios públicos, pero la ambición de Alfonsín era monumental. “Era un cambio de modelo del centralizado de Buenos Aires al descentralizado de Alfonsín, porque la capital está dentro de un proyecto de descentralización de país”.

La visión del gobierno radical proponía desarmar la macrocefalia porteña en todos sus frentes. Carrasco explica que el plan exigía una reestructuración absoluta del transporte y la economía, para terminar con el absurdo de que “para ir a Santiago del Estero tengo que ir primero a Buenos Aires”. Se proyectó un sistema aéreo interconectado con bases en Neuquén, Trelew, Córdoba y San Juan.

Más revolucionaria aún era la descentralización económica y administrativa que obligaba a las grandes empresas a instalarse donde generaban su riqueza. La idea era que los directivos de las grandes empresas productoras abandonaran la comodidad de las oficinas porteñas y se instalaran físicamente en las regiones donde realmente operaban y generaban riqueza. De esta manera, el control corporativo sobre la viticultura debía ejercerse desde la región cuyana, el del petróleo desde Comodoro Rivadavia y el del carbón desde Río Turbio. Esto buscaba quitarle el monopolio de las decisiones económicas al puerto.

Pero si hubo un aspecto que diferenció al Proyecto Viedma de cualquier otra obra faraónica en la historia argentina, fue su inquebrantable apego a las formas republicanas. En un país que apenas lograba ponerse de pie tras la noche más oscura de la dictadura militar —una época en la que, recuerda Carrasco, a los legisladores “los sacaban de los pelos” de sus casas de madrugada—, la actitud del presidente de la Nación marcó un paradigma de convivencia política.

A diferencia de los proyectos geopolíticos impuestos por la fuerza durante los gobiernos de facto, el traslado “fue un proyecto democrático (…) un proyecto que priorizó el respeto por las instituciones”. Carrasco atesora con orgullo el nivel de republicanismo demostrado por el mandatario nacional al visitar Río Negro: “Alfonsín viene a esta casa, no queda únicamente en la casa de gobierno. Viene a esta casa como los diputados radicales, va al bloque radical a decirnos, señores (…) Institucionalmente va al poder judicial”.

Ese gesto de someter la máxima decisión geopolítica de su gobierno a la aprobación de una legislatura provincial y al debate con todas las fuerzas políticas —incluyendo al justicialismo local— demostró que para Alfonsín la Legislatura era verdaderamente “la casa del pueblo”.

Mientras en los despachos se diseñaba el futuro del país, en las calles de Viedma y Carmen de Patagones la noticia generaba tanto entusiasmo como pánico. La comisión presidida por Carrasco debía proyectar cómo una comarca apacible iba a absorber un salto demográfico brutal, pasando repentinamente a cobijar a cientos de miles de habitantes.

El desafío social era abrumador. Las autoridades locales y provinciales debatían con angustia cómo contener el impacto del arribo de “20.000 obreros cobrando todos los viernes sin familia”. Se temía por el colapso del sistema sanitario, obligando a proyectar nuevos hospitales, y por la proliferación de “los cabaret” y los problemas de seguridad que alterarían para siempre la paz de los vecinos.

A estos miedos logísticos se sumó una fuerte resistencia identitaria de la propia comunidad. 

La maqueta de la nueva capital, bautizada por muchos como la “Brasilia argentina”, chocó de frente con la realidad local. Mientras que en Buenos Aires se resistía la pérdida de privilegios, en Viedma surgieron miedos profundos ligados a la identidad. 

Carrasco reflexiona sobre cómo “los egos” y el arraigo jugaron en contra de la mudanza. La sociedad tradicional viedmense, los “nacidos y criados”, sentían que el proyecto venía a arrasar con su historia: “El árbol lo plantó el abuelo hace 150 años y me lo van a tirar (…) la casa de mis abuelos, de que ahí nació mi bisabuela y la van a tirar”. Modificar ese tejido social íntimo resultó, en muchos casos, más complejo que trazar las avenidas de la nueva capital.

Finalmente, acorralado por los laberintos burocráticos para las expropiaciones, la falta de decisión para ejecutar las obras de forma inmediata y el dramático cambio del contexto económico y político nacional, el proyecto se diluyó. Carrasco lamenta que la iniciativa no se haya introducido en la “currícula de educación” para que las nuevas generaciones pudieran defenderla.

No obstante, el ex legislador se niega a considerar esta historia como un fracaso personal. Todo lo contrario. La mera planificación de la capital forzó a Río Negro a repensarse a sí misma, impulsando su propia descentralización interna, el desarrollo del Tren Patagónico, la ruta de la costa y sus aeropuertos regionales. “Nos cambió la mente, nos puso en otro lugar”, asegura.

Hoy, a la distancia, Jorge Carrasco guarda en su memoria uno de los momentos más sublimes de su carrera política: el instante en que, como símbolo máximo del respeto entre los poderes del Estado, le tocó “entregarle en la mano la ley de cesión de tierra al presidente de la República, a mi amigo Raúl Alfonsín”. Una imagen imborrable que nos recuerda que, hace cuarenta años, la Argentina se atrevió a soñar con un país verdaderamente federal, planificado y, por sobre todas las cosas, profundamente democrático.