Por Pedro Pesatti, vicegobernador de Río Negro
A fines del siglo XVIII, la máquina de vapor convirtió los talleres en fábricas y las aldeas en ciudades, y reemplazó el brazo por el carbón.
Aquella revolución multiplicó la riqueza y condenó a hombres, mujeres y niños a jornadas infernales de dieciséis horas.
El bienestar llegó después, como consecuencia de las ideas políticas y de la acción que ellas desataron para rebelarse y luchar contra esa injusticia.
Las leyes fabriles, los sindicatos, la jornada de ocho horas, la escuela pública y la seguridad social fueron las columnas de aquel progreso.
La revolución que hoy encabeza la inteligencia artificial alcanza al trabajo intelectual y avanza a una velocidad mucho mayor.
La pregunta es la misma de entonces, y se refiere a quiénes construirán las instituciones que conviertan esa potencia en bienestar para las mayorías.
La historia enseña que cada revolución creó más empleos de los que destruyó pero que en una primera etapa produjo daños enormes en los sectores sociales menos preparados para enfrentar el cambio.
Por eso debemos fundar desde el Estado una nueva escuela y hacer de la educación la política ordenadora de las demás políticas públicas.
Debemos concebir con audacia y urgencia nuevas formas de encarar los procesos de enseñanza y aprendizaje.
La alfabetización del siglo XXI demanda instituciones, herramientas y estrategias situadas en esta revolución tecnológica.
Esa escuela deberá garantizar que la nueva alfabetización llegue primero al aula del barrio más humilde, porque la equidad educativa es la condición de posibilidad de una sociedad igualitaria.
En la economía que emerge, el conocimiento será el insumo más valioso.
Un país, como el que hoy tenemos, que rinde culto al dios del enclave y se ofrece como proveedor de materias primas elige el lado perdedor de esta revolución.
La escuela, la universidad y la ciencia son las vigas maestras de la economía del conocimiento.
Ante este desafío se enfrentan dos visiones.
La tecnocrática concibe a la persona como un dato, a la sociedad como un mercado y al Estado como un estorbo.
Concentra en pocas corporaciones, al margen del control democrático, el poder sobre el trabajo, la información y el conocimiento, y jaquea a nivel civilizatorio la seguridad de nuestra especie.
La humanista, que es la nuestra, coloca a la persona en el centro y entiende la tecnología como herramienta al servicio de su dignidad.
Fue esa visión la que humanizó la primera revolución industrial, cuando León XIII afrontó la cuestión social en Rerum Novarum y acuñó el concepto de justicia social.
Es la misma que el Papa León XIV retoma en Magnifica humanitas para custodiar a la persona en la era de la inteligencia artificial.
En la Argentina, esa visión tecnocrática tiene en Javier Milei su expresión más evidente.
Es el presidente que se jacta de destruir el Estado desde adentro y convirtió la motosierra y la crueldad en un programa de gobierno.
Ofrece el país como mero depósito de proteínas, minerales y energía para corporaciones amparadas por un régimen tributario ajeno al que rige para el trabajador, el emprendedor y la pyme.
En su proyecto se reconoce el mundo al que aspiran quienes dominan las corporaciones tecnológicas y por eso Peter Thiel compró su casa en Buenos Aires.
De allí la urgencia de que en 2027, cuando elijamos nuevo gobierno, la Nación, las provincias y los municipios queden en manos de dirigentes capaces de comprender, desde una visión humanista, la profundidad de este cambio.
La historia ya nos mostró el camino.
Nos corresponde recorrerlo otra vez, con la persona como piedra fundamental de lo que construyamos.
Y con acuerdos entre las fuerzas democráticas que edifiquen una comunidad de todos, que incluya a los jubilados, a las personas con discapacidad, a los enfermos y a los jóvenes.
Ellos deben ser los primeros, porque hoy son los últimos, los que sobran y se descartan.
