Jorge Cejas: la utopía patagónica, el freno del centralismo porteño y la deuda pendiente del federalismo argentino

El ex legislador rionegrino Jorge Cejas desmenuza los detalles de una iniciativa que prometía cambiar para siempre la geopolítica del país. El sueño de descentralizar el poder, la resistencia de los intereses del puerto, la cercanía estratégica con Malvinas y las anécdotas de una época de oro para el respeto democrático.

A cuarenta años de uno de los anuncios más audaces de la historia política argentina contemporánea, el debate sobre la verdadera estructura de nuestro país vuelve a estar sobre la mesa. El traslado de la Capital Federal a la ciudad de Viedma, en la provincia de Río Negro, fue mucho más que una simple mudanza administrativa ideada por el entonces presidente Raúl Alfonsín; fue, en esencia, un intento profundo de refundar la República sobre bases genuinamente equitativas y federales.

Para comprender la magnitud del proceso, la voz de Jorge Cejas resulta invaluable. Ex diputado nacional, senador, parlamentario del Mercosur y, por aquel entonces, un joven presidente del bloque justicialista en la Legislatura de Río Negro, Cejas repasa con detalle los pormenores de una época marcada por la efervescencia institucional. 

“Para nosotros los patagónicos, los que vivimos en Viedma, capital histórica de la Patagonia, sin ninguna duda fue un hecho trascendente porque que alguien esté pensando un país diferente respecto a lo que significaba o significa el federalismo y traernos a los rionegrinos esta noticia realmente fue un hecho trascendente”, reflexiona hoy, tras agradecer la invitación del vicegobernador rionegrino, Pedro Pesati, para rememorar oficialmente la fecha.

La iniciativa del gobierno radical buscaba atacar directamente un mal endémico de la Argentina: la macrocefalia de Buenos Aires. El proyecto apuntaba a que “el interior del país tuviera la posibilidad de una discusión mucho más igual” frente al poder hegemónico. En la visión de Cejas, era imperioso romper de una vez por todas con el histórico y doloroso refrán del interior que dicta que “Dios atiende en Buenos Aires”.

La propuesta implicaba una descentralización real y operativa. No se trataba solo de mover ministerios, sino de desarmar y trasladar “la concentración del puerto, la concentración de la política, la concentración de las fuerzas armadas”. Para los habitantes del sur argentino, la icónica consigna de Alfonsín de mirar hacia “el sur, al mar y al frío” significó una reivindicación que los llenó de un profundo orgullo patagónico.

Sin embargo, la noticia generó un sismo político en el resto del territorio nacional. Otras regiones sintieron lo que Cejas describe como una “sana envidia” ante el anuncio. Provincias con fuerte peso histórico, como La Rioja y Santiago del Estero —esta última considerada la cuna de la primera fundación argentina antes del Virreinato—, manifestaron ciertos celos institucionales al verse relegadas. Años más tarde, recuerda Cejas, el entonces presidente de la Cámara de Diputados de la Nación, Julián Domínguez, reflotaría la idea de llevar la capital a Santiago del Estero; a lo que el rionegrino le contestó defendiendo su localía: “Mirá Julián, nosotros somos los primeros a partir de una decisión política del Dr. Alfonsín”.

Si el proyecto hubiera prosperado, el mapa productivo y soberano de la Argentina sería diametralmente distinto. El ex legislador se muestra categórico al respecto de los beneficios sistémicos que la medida hubiera traído aparejados: “Estoy convencido de que hubiera significado una matriz distinta de lo que significan las economías regionales”.

La planificación territorial de la época era exhaustiva e incluyó la conformación del Entecap (Ente para la Construcción de la Nueva Capital), donde Cejas ofició como vicepresidente de la comisión especial legislativa rionegrina junto al dirigente radical Jorge Carrasco. Se exploraron vastos territorios costeros y ribereños, desde la zona de El Cóndor hasta la posible instalación del núcleo de la ciudad administrativa en el área del “Ya verán”. El megaproyecto integraba al nuevo ejido capitalino a las localidades de San Javier y Guardia Mitre, articulando estratégicamente con el río Negro, la vecina ciudad bonaerense de Carmen de Patagones y el mismísimo Océano Atlántico, ubicado a escasos 30 kilómetros del centro urbano.

Esta reubicación hacia el litoral marítimo no era una simple cuestión de paisaje. La provincia de Río Negro cuenta con más de 440 kilómetros de costa, y el proyecto habría potenciado exponencialmente el desarrollo y la explotación de las inmensas riquezas del “mar epicontinental argentino”. Aún más profundo y vital era el mensaje de soberanía nacional: establecer el máximo centro del poder político de la Nación en la Patagonia hubiera generado una integración y una “cercanía que hubiera sido para nuestras queridas islas Malvinas (…) la Sándwich, las Georgias”, configurando un gesto geopolítico reivindicatorio ineludible para las islas que, en palabras del propio Cejas, “fueron, son y serán argentinas”.

A pesar del entusiasmo desbordante en el sur —que incluyó la rápida creación de nuevos barrios y un intenso movimiento social y administrativo en la capital rionegrina impulsado por la llegada de comisiones—, el proyecto terminó naufragando en los laberintos burocráticos y económicos de la Argentina. 

¿Qué fue lo que detuvo una de las políticas de Estado más ambiciosas y disruptivas del siglo XX? Para el histórico dirigente justicialista, la respuesta se encuentra de lleno en el núcleo duro del poder porteño establecido históricamente. “A mí me parece que hay intereses que tienen que ver con los negocios, que tienen que ver con el puerto, que tienen que ver con el unitarismo que siempre desde la ciudad capital de todos los argentinos (…) me parece que no alcanzaron a ver no solo la intención política, sino la trascendencia que hubiera tenido para todo el país”.

La dura resistencia del statu quo fue letal para la utopía patagónica. El propio presidente Raúl Alfonsín, años más tarde, evidenciaría su profunda frustración por los obstáculos políticos que empantanaron la ejecución de la ley. Cejas recuerda las palabras que el expresidente pronunció al reflexionar sobre el fracaso: “Si hubiera sabido lo que pasaba, me hubiera ido en carpa”.

Esa contundente frase sintetiza la íntima convicción de que, tal vez, una mudanza de facto e inmediata habría forzado “la realidad efectiva de un hecho político de trascendencia para todos los argentinos” antes de que el establishment lograra desarticularla.

Más allá del desenlace del proyecto institucional, la época fundacional del retorno a la democracia dejó un legado de convivencia política que, a la luz de las agresivas tensiones institucionales actuales, resulta netamente ejemplificador. A pesar de ser un ferviente militante y dirigente peronista, Cejas no dudó ni un segundo en defender la iniciativa de un gobierno de signo radical en el recinto de la Legislatura provincial, enfrentando incluso duras discusiones internas dentro de su propio partido. Él sostenía con vehemencia que una transformación territorial e histórica de tal magnitud “tenía que trascender a los partidos políticos”.

Ese respeto institucional se evidenció con las múltiples visitas oficiales de la plana mayor del gobierno nacional al sur, como la llegada del entonces ministro del Interior, Antonio Trócoli, acompañado de senadores de diversas fuerzas políticas, incluyendo a un joven Fernando de la Rúa, recuerda el dirigente. 

Aunque Cejas marcó sus diferencias en un discurso cuando algunos dirigentes oficialistas intentaron apropiarse del proyecto enmarcándolo en la teoría radical de un “tercer movimiento histórico” —lo que él consideró ligeramente fuera de lugar tratándose de una política de Estado—, siempre primó el diálogo constructivo, entendiendo democráticamente que “son los partidos políticos los que en esencia le dan sentido a la democracia, a la participación y al respeto de la voluntad popular”.

Esa camaradería y buen clima cívico se cristalizó en una anécdota imborrable que Cejas guarda con especial cariño hasta el día de hoy, y de la cual conserva celosamente fotografías históricas que compartió con orgullo antes de reunirse con el vicegobernador Pesatti. Durante una de las visitas protocolares de Alfonsín a Viedma, al joven Cejas le tocó la tarea de recibirlo en la puerta exterior de la Legislatura provincial junto al jefe de la bancada radical, Esteban Rodrigo.

Al abrirse las pesadas puertas del edificio, el presidente de la Nación inspiró profundamente el aire patagónico y exclamó satisfecho: “Qué hermoso día”. Con la irreverencia y la picardía propia de sus años de juventud y militancia, el legislador justicialista le retrucó rápidamente a la máxima autoridad del país: “Doctor, es un día peronista”. Lejos de ofenderse o generar un conflicto protocolar, el mandatario radical soltó una carcajada franca y remató la escena con brillantez: “Estos peronistas están por todos lados”.

Hoy, a cuatro décadas, esas “cosas lindas de la política” y aquel audaz, pero frustrado, intento de establecer un federalismo real e integrador resuenan como una herida abierta y una cuenta pendiente en la historia de una República Argentina que todavía sigue buscando, desde el sur, el mar y el frío, equilibrar definitivamente su propia balanza.