Por Pedro Pesatti (*)
Hace cuarenta años, el 16 de abril de 1986, Raúl Ricardo Alfonsín anunció en la ciudad de Viedma su voluntad de trasladar la Capital Federal para reformular de manera integral la relación entre el Estado, el territorio y el destino colectivo de la Nación. Conviene releer aquel texto hoy, a cuatro décadas de distancia, como un ejercicio de justicia intelectual ante una propuesta que el país olvidó sin haber intentado siquiera refutarla y que el tiempo, sin embargo, ha venido confirmando en cada una de sus premisas fundamentales.
Alfonsín abrió su alocución invocando la figura de San Martín y la decisión de 1814: aquella resolución estratégica de marchar hacia adelante cuando todo parecía perdido, comprendiendo que el punto decisivo de la guerra de la Independencia se encontraba en el Perú y que había que llegar allí, en sus propias palabras, “con imaginación, con coraje, con inteligencia y con una voluntad muy firme”. La invocación constituía la clave argumentativa de todo el discurso. Alfonsín proponía una marcha hacia adelante, una operación de audacia territorial que exigía de la sociedad argentina la misma disposición anímica que el Libertador demandó de sus granaderos antes de escalar los Andes.
El diagnóstico que sustentaba la propuesta era de una lucidez inapelable. Alfonsín describió el agotamiento del modelo de la Organización Nacional, aquel proyecto de la Generación del 80 que presumió que los términos del intercambio serían siempre favorables y que las vías ferroviarias convergentes en el Río de la Plata constituían la geometría definitiva de la República. Ese modelo había generado una consecuencia que el presidente calificó con precisión clínica: la macrocefalia, “una ciudad gigantesca y enormes zonas retrasadas o casi abandonadas durante muchos años”. Tres factores explicaban esa deformación estructural: el puerto, la administración nacional y el área productiva, concentrados en un mismo punto geográfico; convergencia que terminó por asfixiar al resto del territorio.
Lo que distinguía la propuesta de Alfonsín de cualquier voluntarismo improvisado era su densidad histórica. El presidente recorrió los antecedentes de la idea —Rivadavia, Urquiza, Sarmiento, el propio Congreso de la Independencia— con una erudición que revelaba años de reflexión. Alfonsín inscribía su decisión en esa genealogía, pero la superaba cualitativamente: no se trataba ya de resolver una disputa entre facciones, sino de emprender lo que él denominó la conquista del Sur, del mar y del frío.
La Patagonia aparecía en su discurso como la gran asignatura pendiente. Alfonsín lo expresó en términos que conservan intacta su vigencia: “Es indispensable crecer hacia el Sur, hacia el mar y hacia el frío, porque el mar y el frío fueron casi las señales de la franja que abandonamos, los segmentos del perfil inconcluso que subsiste en la Argentina”. Recordó que ya en 1914 el geólogo Bailey Willis había anticipado el potencial industrial de la región; sin embargo, la Patagonia había seguido segregada, atrapada en un circuito de postergación perpetua. La enumeración de las riquezas desperdiciadas —el petróleo sin petroquímica, el hierro sin siderurgia, los bosques sin celulosa— tenía la contundencia de un alegato incontrastable.
Alfonsín proponía pasar de una Argentina fluvial a una Argentina oceánica, situando el punto de inflexión en la línea del río Negro. Lo hizo con una observación cartográfica notable: ninguna capital del mundo se encontraba más allá del paralelo que marca la desembocadura de ese río. La Argentina, sostuvo, “tiene el privilegio de desgranar en su territorio la totalidad de los climas”, pero las ventajas de las zonas frías no habían sido aprovechadas. La elección de Viedma respondía a esa lógica: infraestructura urbana existente, contacto con la pampa húmeda y apertura oceánica, en sintonía con el criterio de los países que eligen ciudades de escala humana como sede de su administración.
El presidente fue enfático al deslindar su propuesta de todo mimetismo: “La Argentina no puede desplegarse en el mapa a través de creaciones de ciudades imaginadas en estudios de laboratorio, por más benéfico que haya sido en otros países ese tipo de empresas”. Se trataba de ir elaborando el destino a partir de las ciudades existentes, verificando si una nueva asignación de funciones podía coadyuvar al diseño de la empresa nacional. Por lo tanto, no era una mudanza burocrática, sino la decisión política de vertebrar la República a través de su propio espacio.
Acaso lo más perdurable del discurso sea su dimensión ética. Alfonsín sostuvo que la existencia de una enorme franja de país olvidada constituía “un trastorno de la ética”. Convocó a los argentinos a entender que “la unidad nacional consiste en que cada uno trate a los demás como próximos, como nosotros, como muy cercanos”. La propuesta era, en definitiva, un proyecto civilizatorio: una invitación a que la República dejara de ser un país que abandonaba tierras por no saber qué hacer con ellas. En esa dirección, Alfonsín diferenció entre el pacifismo como virtud y lo que llamó el “pacimismo”, ese “ensimismamiento de una paz cerrada, autista, autocomplaciente, de nervios débiles, músculos blandos y corazón perezoso”. Frente a esa tentación, reclamaba una actitud de pioneros, la disposición a marchar hacia las nuevas fronteras “con la dignidad recuperada de los hombres libres y con la alegría de una libertad creadora”.
Cuarenta años después, el fracaso del traslado de la Capital Federal no debe leerse como la derrota de un hombre o de un gobierno, sino como la claudicación de un sistema que prefirió la comodidad de lo conocido a la incertidumbre de la grandeza.
Alfonsín advirtió aquel 16 de abril que una sociedad en crisis solo emerge “marchando hacia adelante” y que detenerse equivalía a aceptar una “forma de derrota consentida”. Los últimos párrafos de su anuncio fueron una exhortación a abandonar el apoltronamiento para “luchar activamente por el país que merecemos”. Pero hay algo más que la mera inercia detrás de aquella claudicación, y conviene nombrarlo sin eufemismos: el modelo de la Argentina conservadora ha demostrado a lo largo de la historia una capacidad de reinvención muy superior a la que han tenido los sectores populares y democráticos para adaptarse a los nuevos tiempos. Cada vez que el país se aproximó a un proyecto de desarrollo integral, capaz de vertebrar el territorio y de incluir al conjunto de la sociedad, la matriz concentradora supo mudar de piel, aggiornar su discurso y reorganizar sus alianzas para restaurar, bajo nuevos ropajes, la misma lógica de exclusión de siempre.
Esa asimetría explica, en buena medida, el momento actual de la Argentina: los profundos retrocesos que hoy padecemos son la consecuencia de la incapacidad de sostener en el tiempo políticas de desarrollo que aseguren a todos los argentinos un mismo proyecto de país que los comprenda, que no abandone provincias ni regiones, personas ni pueblos, ni condene vastas extensiones a la periferia del olvido.
El anuncio de 1986 sigue allí, como el espejo de una Argentina que desde hace tiempo no se atreve a mirar su verdadera cara y que continúa varada en el barro de los paroxismos, en los pendulares extremos del odio.
(*) Vicegobernador de Río Negro y ex intendente de Viedma
